miércoles, 1 de julio de 2009

El grito del barquero.


• Unas aguas que no reflejan el limpio cielo carente de nubes, son testigo de la singladura de mi pequeña embarcación por éste canal sin nombre. El murmullo de la proa cortando las grises aguas y la cadencia regular de la pértiga, vienen a mis oídos junto a las traviesas golondrinas que planean en el azul.
Otras naves surcan la laguna, con ellas me cruzo en el eterno caminar, avanzando hacia el ocaso que me espera al final. Como a todos.

Detrás de máscaras, unas veces sonrientes y otras serias, me miran ojos inexpresivos o demasiados vivos o muertos ya, sin esperanza. Nunca miré las telas que cubren su cuerpo desnudo, ni el brillo, que las joyas arrancadas de la tierra elevan por el aire que respiramos. Yo miro los faros que alumbran en el rostro, escruto las señales e interpreto ese otro lenguaje, sin palabras, que habla desde los silencios.

Silencios que mienten, que matan y hieren, silencios eternos como el averno, silencios que abrazan y aman o besan más allá de los labios. Silencios.

Por eso me revelo y grito a los vencejos y hablo a las aguas que escuchan mudas el discurrir de mi navío. Seré esclavo de las palabras que manan, desde el mismo centro del corazón caliente que bombea sangre por los ríos de mi cuerpo. Significante y significado, unidos para decirle a los vientos que estoy vivo y siento y nada de lo que alberga la vida me es ajeno.

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