domingo, 23 de agosto de 2009

La diferencia


Desde siempre había sido diferente en todo o quizá todos eran los diferentes. Cuando niño la diferencia estaba en los domingos. Los demás paseaban con sus padres de la mano por el paseo marítimo o la alameda, mientras él, se quedaba a solas con su mundo imaginario,los libros y el programa de Jiménez del oso acerca de misterios. El cuarto de juegos era un dormitorio vacio, un patio vacio y una casa vacía, donde sólo su voz cambiante resonaba en las paredes de papel pintado. Por aquel tiempo eran los romanos de los tiempos del gran Cesar, los que concentraban sus fantasías, pero cobraba fuerza la segunda gran guerra, que por la tarde, los sábados, veía en la pantalla en blanco y negro del salón de su casa. Unos soldados en miniatura representaban las épicas gestas del zorro del desierto, el día D, la batalla de Stalingrado, o el hundimiento del Graf spee.

Con el tiempo, las soledades fueron creciendo junto a su cuerpo. La adolescencia irrumpió en él con la necesidad de agradar a los demás e integrarse en alguna de las tribus sociales, pero a medida que se integraba, algo en su interior se revelaba contra todo y estos fueron los causantes de sus excursiones por el sórdido mundo interior. Eran frecuentes los paseos por la línea de la costa en medio de temporales, que inmortalizaba en su retina ávida de imágenes para soñar en la oscuridad de la noche, como también se hicieron un hueco las visitas a las solitarias cimas de las montañas locales. En los tiempos en que nadie escucha otra cosa que la llamada de las hormonas, el se preguntaba por cuestiones que muchos adultos tardan en preguntarse toda la vida, pero sobre todo, la idea de la emancipación como realización de la soledad, apareció instalándose. Con las primeras drogas llegaron las sensaciones de aislamiento placentero que luego solamente el mar le producirían. En ellas su mundo imaginario resplandecía haciendo desaparecer las barreras que la sociedad había puesto delante de su puerta. El mundo adorador del dinero, se le antojaba poco atractivo y lejos de conformarse con lo que le ofrecía, él quería más. Quería todo.

Su primera novia, transformo todo aquello en algo compartido y por primera vez sintió como algo exterior hacia girar su mundo fantástico. Era diferente, como fue diferente la forma de conocerse, el modo en que sus cuerpos se unieron por primera vez, la relación de igualdad epidermis hacia dentro, que surgió en los años que estuvieron juntos. Después de la facultad vendrían las decepciones, el final del amor, la oposición, la muerte de sus padres, la primera vivienda de alquiler y las ideas diferenciales.
Al principio éstas eran ensoñaciones post etílicas los domingos por la tarde, cuando al medio día frente al televisor, preparaba el desayuno entre pitillo y pitillo. Con el tiempo y tras el definitivo alzamiento del ordenador personal, las ideas fueron cobrando cuerpo y la información llegó de la mano de la red recién creada que lo engulló sin piedad. En ella daban cabida sus pasiones que enaltecían las lecturas que de niño había realizado y que de tarde en tarde con algún pretexto, revisaba y ampliaba. La gran red era un supermercado de letras en pasta de papel que un cartero simpático le traía semanalmente y pronto las estanterías quedaron obsoletas y cualquier rincón era bueno para almacenar volúmenes y volúmenes de letras, fantásticas, realistas, románticas, clásicas, daba igual que género. Todos tenían su encanto.
Como de improviso, un día, llegó a sus manos acostumbradas a pasar páginas mecánicamente, un volumen traducido del francés en el que se describían los buques de maderas tropicales y europeas que surcaron los siete mares. Un nuevo hobbies complementario de sus soledades creció de la nada, entre aromas de cola fresca y ya todo el ocio fue empleado en leer papel, pantalla y manual de instrucciones. Las réplicas a escala de goletas, bergantines, fragatas y trirremes reposaron encima de los lomos de pasta encuadernada de clásicos de la literatura y llegó el caso que el “H.S.M. Victory” descansaba entre unos manuales que escribiera el navegante Churruca, allá por el siglo XVIII y las aventuras marítimas de Jack y Maturin.

Antes de que el mundo girase definitivamente en su vida, conoció a su mujer, con la que no tendría más hijos que los libros que ésta le regalase y algún que otro álbum de instantáneas en paraísos sensoriales de allende los continentes. Todo era perfecto hasta ese aciago día en que tras meditar las expectativas renunció a parte de sus alocadas ideas en aras de la felicidad, para ser traicionado en el último momento. Un apartamento junto a unas escrituras de propiedad fue lo único que quedó de aquellos tiempos en que uno eran dos y dos era un mismo cuerpo.

Estaba sentado en la silla giratoria de la oficina intoxicándose de luces artificiales, cuando de la nada, se materializó delante de sus ojos revestidos de cristales progresivos, la imagen de sus sueños pretéritos. Un deseo de recuperarlos nació y con éste, las ideas diferenciales traicionadas, que ahora, como revancha, lo obligaban a inmolar su vida en aras de materialízalas.
Lo primero fue el anuncio de compra- venta instalado en la red con instantáneas seductoras para aquellos que aun no habían fracasado en el mar del matrimonio convencional. También y muy a pesar suyo empezó la criba de volúmenes almacenada por doquier de los noventa metros cuadrados de apartamento y trastero, indultando aquellos que consideraba más queridos, así como los manuales necesarios para su sueño. Pero faltaba un duro escoyo que salvar, Pues en su sueño, nada decía de luces fluorescentes, teclados baratos y ascensores atestados de caras frecuentes. El día que se presentó delante de la puerta del jefe de personal, le temblaron las ideas y tuvo que ir al cuarto de baño a remojarlas junto a su boca. Un acelerado tambor resonaba en su interior y de pronto volvieron los ecos de aquellos cantos infantiles de una de sus series favoritas cuando el guerrero blanco barbilampiño y arrubiado corría por la selva de los Bantus perseguido por mil y un peligros. Así haría se dijo decidido: Corre muchacho ya, no te detengas más…. Y lo hizo.

La cara de sorpresa de su jefe fue mayúscula, no porque nuestro amigo le contase su sueño, incomprensible para todos menos para él, sino porque no entendía como un aparente hombre normal, educado y silencioso, que nunca había dicho una palabra más alta que otra, gesticulaba delante suyo haciendo caso omiso de sus palabras, reverenciadas hasta el ridículo en toda la empresa.

La firma del finiquito así como del documento de venta pública de su inmueble hicieron que una sonrisa apareciera en su rostro pálido y ojeroso. Quedaban pocos enseres que conservar y hasta poder tomar posesión de su reino, tuvo que guardarlos en una habitación para tales usos en la ciudad que sería testigo de su locura, mientras se graduaba en una academia como capitán de naves de recreo y sueños.
En un flamante Bénéteau oceanis de catorce metros de eslora por casi cuatro de manga, con mayor y Génova enrollables, fabricado a finales de los noventa, aguardaba triste un viejo lobo de mar, amarrado en la dársena numero siete del puerto deportivo de aquella ciudad enamorada del mar.
Mario, tocado con una gorra marinera griega, azul marino casi negro, pantalones beige con múltiples bosillos y trescuartos marinero brincaba por la pasarela del Earëndil I con la agilidad de un chiquillo, mientras su radiante sonrisa iluminaba la tablazón de teca.

¬ ¿Lo cambiará de nombre señor? Preguntaba con la mirada fija en la popa un hombre envejecido por momentos, mientras acariciaba la batayola.

¬ Voy a serle sincero. Pensaba limpiar casco y fondos antes de botar nuevamente ésta magnífica nave con el nombre de Aegir I y requerirle a usted como padrino de semejante acontecimiento. Dos botellas de uno de los vinos de Reims famosos tienen la culpa de todo. Pero comprenderé que se sienta apenado por mi sacrilegio para con su ojo derecho que hoy me cede junto su enseña.

¬ Sabe usted, joven. Me agrada el nombre. Veo en su mirada la decisión que llevó a algunos hombres intrépidos a circunnavegar el globo. Seré el padrino de la ceremonia gustoso si accede usted a llevarme en la primera singladura de éste, como grumete o primer oficial, o lo que se tercie.

¬Amigo mío, aquí está la mano que cierra ese pacto. Usted tendrá el honor de sacar a alta mar a éste corcel brioso en su primer día en la mar. La rueda del timón acariciará su mano firme y yo mismo atenderé sus órdenes así cuantos consejos y secretos quiera confiarme de ésta su nave. Presénteme a ella con la formalidad pertinente y déjeme que poco a poco me tome parte del cariño que a usted profesa y quizá me acepte como nuevo amante y servidor suyo.

¬ Me cae usted estupendamente, joven. Y quiero que sepa que no le he cedido a mi amor de todos estos años, con permiso de mi esposa, solo por la cantidad de billetes, que también. La narración de su proyecto en nuestra última entrevista fue determinante para decidirme a la definitiva…

¬ No lo diga, pues esa palabra, entre hombre de mar no tiene sentido amigo. Yo lo denominaría toma de posesión como nuevo capitán.

¬ No se hable más, caballero y permítame convidarle a un trago en la posada del mar, mientras le tomo afecto de hijo adoptivo.
¬ Oh! Capitán, mi capitán. A ello. Por la amura ya resopla…

¬ Usted joven, nunca ha sido oficinista sino marinero en tierra forzosamente. Yo en mi juventud siempre tuve el desea de emprender lo que usted se propone, pero unas por otras y los tiempos difícil, alejaron los vientos de mi vela. Luego conocí a mi señora y ya no pude alejarme de la costa mucho.

¬ No me envidie, buen hombre, soy yo el que ahora al escuchar su relato envidia su suerte. El amor lo cambia todo.

Un día gris e intempestivo con las olas intentando salirse del mar, Mario , con una sonrisa desafiante, traspasó la bocana del puerto a bordo de su sueño dispuesto a lidiar con los elementos, acompañado tan solo por Soledad, una pequeña perrita de aguas del color de la noche que se había empecinado en seguirle a todas partes.
No contaré aquí las peripecias de éste navegante que realizó un sueño, para muchos impensable, por descabellado; que dejó lo que algunos tildarían como vida razonablemente próspera, por un futuro incierto y a expensas de la furia de los vientos y el rugido de las olas. Pero si diré que de vez en cuando regresa al puerto que le vio nacer y camina por las tierras que le conocen mejor que muchos que caminan. En cada puerto al que arriba con su velero, arroja una instantánea dedicada al correo para que alguien lejano viva el sueño que no realizó, no por no ser valiente, sino por serlo aun más y renunciar a éste en aras del amor correspondido. Y quien sabe si en sus singladuras encuentre una ensenada que retenga su velero y le impida alejarse ya de la costa.

Por el lobo que camina.

Texto e imagen son luparias

No hay comentarios:

Publicar un comentario