sábado, 20 de abril de 2013

La soledad en mi.



Imagen de Javier Clerici, fotógrafo argentino.

Otra noche más sentado al borde de la mar, en mi isla deshabitada, y la noche llega despacio, como las olas de la mar en calma. Me falta lo mismo que siempre he anhelando y por eso elevo una vez más la mirada a los astros que pueblan la bóveda oscura, entonando una plegaria sin final.

La arena aún guarda el calor del sol o quizá sea el calor que guardo yo en mi seno, sediento de otro calor, y se arroja fuera y se esparce, y se pierde en el raso del cielo de la noche. No llegan hasta mi los mensajes que en las estrellas se guardan, tan sólo el rumor de la mar, que siempre me acompaña en mi soledad.

Hay una melodía sonando en lo profundo de mi alma de piano, vibrando en cada una de las cuerdas que llegan hasta las blanca o negras teclas de mis manos, pero soy incapaz de exteriorizarla, y su belleza me inunda,y sé que si no la hago salir fuera, morirá una y otra vez en mi,. Desahuciada, ignorada, como una isla desierta, cómo la isla del poema de Gloria, que siempre me acompaña:

"el centro de un mar
que no me entiende,
rodeada de NADA,
sola sólo-."G.Fuertes

Quisiera que sonase tan alto, tan fuerte, que el rumor del mar callase para escucharla. Quisiera que tú, olvida de ti, extraviada entre la bruma que circunnavega el mundo solitario donde habito, sintieras que fue escrita para ti, sin tan siquiera conocerte, sin tan siquiera intuir el dulce tacto de tus manos. Quisiera que llenase el espacio entre las estrellas que iluminan tu rostro, como una suave caricia, para que te decidas a arrojarte en mis brazos.

Peor la noche se cierne lentamente sobre mis hombros y su peso, colmado por el fulgor de las estrellas insomnes, me precipita en la orilla desierta, donde sólo yo habito.Mis pobres pensamientos, mis escasa palabras- no escritas- que se pierden en la brisa. La luz de los poemas que muere sin ver otro día; el tul de las caricias que se fueron con la traicionera mar de las tragedias; de la bahía de los navíos hundidos por causa de desamor, de traición y en definitiva del amor toxico que me habitó.
Una ola me besa los pies mientras camino de regreso a mi casa-(no tengo más casa que esta soledad insomne)-, una gaviota desorientada por la contaminación lumínica de la noche o la luz del faro, planea sobre mí sin ni siquiera mirarme. A lo lejos los neones de la ciudad sin alma proclaman el triunfo de la superficialidad exacerbada, pero no para mi. Sigo caminando, y despacio, llego al cruce de caminos donde siempre he estado: la soledad en mi.

Por el lobo que camina.

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