
Imagen Andrés Fernández.
La luz abandona el paseo donde los adoquines saben a mar. Poco a poco se deshacen los naranjas pintados en las alas del horizonte y unas farolas tímidas empiezan a latir. La brisa sostiene las gaviotas quietas en el índigo oscurecido del oriente, hasta que pasa una pardela cenicienta piafando sobre la cresta de las olas y despierta desgarrando el azul con su espuma blanca.
Hay una pareja abrazada junto al muro gris que se delata, no puedo verles los ojos, pero en la ceniza que envuelve su contorno, alumbra queda una estrella. Pasa un hombre con un perro que juega y sus cabriolas animan el ajedrezado solitario de las baldosas ciegas, luego se pierden en las sombras silenciosas que a lo lejos se derraman, allí , donde todo se hace noche o se hace nada.
Uno a uno se van todos y dejan- nos dejan- impares a los centinelas inmóviles del paseo .Entre la penumbra de las olas despunta la sonrisa sonora de la mar que se finge dormida, como si a solas hablara en sueños de algas y sal.
Por el lobo que camina.