
Imagen Acariciando el agua. Fuentejada.
La mar que resbala por la dermis de tu espalda brilla en múltiples diamantes de agua y sal. Con la suavidad con los cisnes esconden sus alas te recoges el cabello y en el arco que dibujan rostro y brazo se contempla el azul. Luego te sientas en la arena redonda y ésta se adhiere a la superficie de tus muslos dibujando mapas aún por cartografiar.
Nuevamente bajas despacio las manos y éstas se quedan dormida junto la pronunciada curva de tus caderas. Entonces, elevas la mirada -sin mirarme -y escrutas el índigo que se rompe en esas olas moribundas ¿ lo oyes? susurran canciones. La mirada se pierde en el horizonte delgado que mece los blancos barcos cuyas doradas velas se recortan como senos enhiestos de mujer. Yo te observo dibujándote con el silencio que habita en la mirada, y sin que te des cuenta, apoyo las ascuas de mis labios en el extremo norte de tu cuello sin final.
De pronto se rompe la magia y vuelves a ser, otra vez, la botella de agua que en mi mano, suda gotas frías bajo el derrumbado sol del mediodía. Por un momento cierro los ojos y el líquido se apodera de mí; invoco el tacto de tu imagen acariciándome la vida. Pero de eso hace ya demasiado tiempo y apenas lo recuerdo.
Por el lobo que camina.