
Imagen es luparia
De pronto tuve la necesidad de mirar y al acercar mi rostro a la ventana, observé que las estrellas refulgían en el cielo. No había diferencia entre la sábana más oscura que allá abajo mecía luceros diminutos y leves o esta otra que nos envuelve dibujando dioses y héroes; sin embargo estos eran erráticos comparados con los distantes astros que coronan el norte hacía el que las alas de este Pegaso mecánico raudas me llevaban. En el horizonte una serpiente de lomo pálido reptaba por las sombras y de vez en cuando otras más pequeñas devoraban su cola dibujando incógnitas en la oscuridad.
Solo al perder altura me fue revelado que la mar y el cielo de este paralelo se unen en la noche, y que la tierra fría e inhóspita, rodea su manto con la bruma blanca de las olas. Mucho más lejos, donde la negrura se hace tan palpable que atemoriza al primitivo ser que anida en todos los hombres, la nieve atenazaba aun con su cadena a la tierra que urdía un plan para emerger con flores. Una luz se adhería a su contorno proveniente de los astros y según los sabios cuando el invierno es invencible forma un halo fosforescente como si el sol emergiera de improviso por donde nadie es que lo espera.
Por el lobo que camina