lunes, 11 de marzo de 2013

Los amores solitarios



La fotografía es luparia.-
El amante solitario se despierta en el medio de la noche y observa el techo. Un perro duerme al lado de su cama y eleva su oreja entre las tinieblas. El no quiere despertarlo, evita hacer ruido y sin embargo, retumban el rugido de las sábanas y el redoblar de las campanas del corazón- las ideas dan vueltas sin pararse quietas. Cuando llega el alba suele encontrarlo en el espacio que habita entre el sueño y la vigilia, donde los sueños horadan y revuelven la ropa de cama.
Al menor atisbo de luz, vuelve a abrir los ojos y descubre que las sombras son menos amenazadoras, o que tras la veneciana se inaugura el ritmo de la vida: Aves, trinos, transeúntes, el chirrido de la cancela de al lado al abrirse y ser cerrada de nuevo; el viento despeinando la palmera y las flores rojas del hibiscus, el susurro del riego sobre el césped del jardín.

Entonces el impulso de abrazar la almohada se hace insostenible;cerrar los ojos y retornar a la oscuridad; hacer retroceder la luz hasta la lóbrega sombra de las noches sin luna- y más allá. Es la negación de la sonrisa o el tibio tacto que eriza la piel aún adormecida; el deseo insondable que araña atenazando el corazón, descomponiéndolo en mil pedazos desiguales cual trozos de cristal de escarcha. Hay un frío que recorre el dorso de la sábana y te atrapa con su garra hasta despedazar el poema que la mañana te susurraba dulcemente hasta ayer.

Tras el marasmo, el amante solitario se arroja al vacío y el suelo deshace la magia de una habitación en orfandad apresurada: Hola gabán de noche, alfombras de raso, estores. Hola velas malvas de la mesita , fotografías, silueta de mujer que en el cuadro desnuda su espalda.
De un salto, un perro se sube a la cama, mientras el otro, busca con su hocico una caricia postergada. Hay un breve sendero hasta la puerta de entrada, un cuenco lleno agua, un rayo de sol, las flores rojas de una planta. El amante solitario sale a la calle precedido de sus fieles acompañantes y descubre que la soledad ama a los solitarios que se aman y aman el amor sin añoranza ni temor.

Por el lobo que camina.

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